Me atrevo a decir lo simple que
es tomar decisiones formales al interior del cubo blanco, es simple equilibrar
el tema y la intención de la obra en un espacio limpio sin restricciones
visuales, donde el agente extraño es la obra. Si la intención es crear una obra
imponente y busco hablar de la inmensidad y evocar una sensación de
insignificancia en el espectador, la solución es simple; busco el ligar
expositivo más pequeño posible para evocar estas sensaciones. Controlar la obra
es simple, controlar el discurso y las decisiones formales de la obra no es
algo que se escape de las manos con una buena organización. No obstante ¿son
estas decisiones visibles a simple vista para el espectador promedio? ¿cómo se
aproxima una persona no-docta en la trayectoria y evolución de la historia del
arte con una obra, una pintura o unas escultura? ¿qué pensaría esta persona
no-docta al ver una muestra de fotografía con imágenes ordinarias, comunes y
simples, fotos que pudo haber sacado hasta ella misma? Claro está que aproximar las artes
visuales al espectador promedio no es simple, entonces qué es lo que hace el
artista visual chileno con esta crisis de comunicación y comprensión entre su
obra y su espectador ¿para quién produce arte? Tampoco es prudente dejar todo
en manos del espectador en un país donde la educación artística es deficiente.
Tampoco sería inteligente abordar este tema desde una interpelación únicamente
al artista.
Existe
un problema mucho mayor. Existe un problema que escapa de una mediación entre
obra y espectador, existe un problema de concepto, de ideas y expectativas. Las
personas hoy en día están acostumbradas a recibir toda la información en
bandeja, las redes permiten esta descriteriada corriente de información, no es
que piense que aquello está mal; sino que concuerdo con el noema clásico de la
era contemporánea y su sobreproducción de dispositivos ‘a pesar de la cantidad
de redes informativas, existe menos conocimiento’. Creo que la aproximación de
los espectadores está sesgada por una vaga noción sobre aquello que comprenden
(o que creen comprender) como arte. Cuando asisten al museo, existe una clásica
opinión sobre una obra que conceden como ‘mala’; esta wea la pudo haber hecho
mi hijo. Cuando el problema no está en que la obra esté mala, sino en la
expectativa que esa persona tiene cuando se hace el ánimo de asistir a una
exposición; el espectador quiere asombrarse, quiere vislumbrarse, maravillarse
por una obra que hable de la persistencia, del virtuosismo técnico, de la
belleza de dicha obra. ¿Comprenderán que todo ese virtuosismo quedó bajo tierra
con la llegada de la era industrial y la inminente explotación de nuevos
dispositivos técnicos que reproducían de forma más fiel la realidad? Desde
luego que no. Las personas asisten al museo con una idea prefabricada de ver
algo que sea imposible que hayan hecho ellos. El problema de fondo no está en
que ellos no pudiese ser capaces de hacerlo, su error no radica en la
expectativa per se. Radica más bien en que dan por hecho algo que nadie ha
establecido; tú no puedes hacer esto. Dan por hecho que el museo es un espacio
de estricta formalidad que acredita la calidad de la obra del artista. El museo
no hace a la obra, la trayectoria de obras que pasan por un determinado espacio
expositito CREAN la imagen de la galería o de ese museo. Es la trayectoria la
que hace al espacio expositivo, no el espacio expositivo a la obra. Nadie ha dicho jamás que ellos no sean
capaces de hacer lo que el artista hizo, si usted cree poder hacerlo mejor ¡hagalo!
¡bienvenido sea su creación, sería formidable si por cada decepción de un
espectador haya un nuevo potencial artista o artesano! ¡que esa indignación sea
motor de creación autónoma! Pero nadie ha salido de su sitio de comodidad,
nadie va más allá de la vaga crítica –que por cierto está fundada en cuestiones
de gusto, lo cual no es ni bueno ni malo- Que el artista exponga en el Museo de
Bellas Artes no establece una distancia divina entre su capacidad de crear y la
del espectador. Esto es falso, esto es una imagen autodestructiva de la noción
que se tiene sobre arte en nuestro país (quizá no solo en nuestro país, quién
sabe) Toda persona puede ser artista, cualquiera puede crear, el artista que
expone en un museo puede venir de cualquier parte, no de una pedigrí ni una
elite, al menos no hoy en día, no en el Chile de hoy. El problema está en que
no cualquiera puede dedicarse 24 horas, 7 días a la semana, 12 meses al año a
ser artista. A ser un intermediario entre la imaginación y la creación a tiempo
completo. Ahí está el problema. Juzgar una obra por la facilidad de su factura
es un análisis mediocre y un insulto al artista. El espectador independiente
del mundo al que pertenezca, si es que siente interés por las artes, debe
aprender, puede leer al menos el catálogo de la obra o puede leer sobre el
artista cuya obra irá a visitar. La información abunda; el espectador debe
exigirle al artista la accesibilidad a su obra, el artista es el medio para
comprender su obra, debe estar dispuesto a que comprendamos, así como el
espectador debe estar dispuesto a aprender. El arte no viene en bandeja de plata como la televisión. Ambos
mundos debemos comprender lo que el otro espera. Yo espero que comprendas, tu
esperas que te explique, no que te entretenga.
Siempre podemos lograr un
equilibrio entre ambos mundos, debe estar la voluntad y dejar las expectativas
y la arrogancia de lado. Hablar desde la simpleza. El artista debe volver a la
esencia del lenguaje, a la raíz del sentido y evocar al espectador de la manera
más directa. El espectador debe estar dispuesto a escuchar, dispuesto a buscar.
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