jueves, 15 de enero de 2015

Esto es

No tengo palabras bonitas
No tengo fotografías ni vídeos interesantes para acompañar mi reflexión. 

Solo tengo su resultado y no su proceso. 

Una línea horizontal y una reflexión.


ESTO ES 

Mientras miras la inmensidad del mar abierto, cuando tienes la posibilidad de contemplar esa potencia que escapa de la capacidad de tus sentidos, imposibilitando ver lo que hay más allá del horizonte. Cuando vi esta inmensidad sentí insignificancia. Me vi insignificante grano de arena cumpliendo u ocupando un lugar en la cadena universal de las circunstancias que hicieron posible la vida. Quiero comprender, quiero poder ver, pero estoy limitada en mi pequeñez. Y si todo el universo se abriera ante nuestros ojos o si toda la vía láctea fuese visible desde nuestras ventanas... Si la distancia fuera una convención así como la perspectiva y el tiempo dejase de ser un dogma. 

No vi revelarse ante mi los secretos del universo galáctico, vi abrirse ante mi algo mas microscópico, algo mas simple y primordial. Pude ver mi lugar. Pude ver mis posibilidades, mi situación y como ha cambiado mi persona... Cuanto he crecido, cuanto he aprendido, cuando he disfrutado y cuanto he podido enmendar. Vi que la vida es bella y sentí no una risa ni un nudo en la garganta, sentí felicidad. No una felicidad plástica ni idealista como las hay en las películas, una felicidad verdadera, una felicidad real y tangible. Estaba ahí, en la inmensidad de nuestra circunstancia, que nos une a ti, a mi, a todos. Sentí el peso de una realidad compartida h a la vez, la gratitud de la experiencia personal. Cayeron lágrimas al ver mi lugar, al ver tan claramente donde estaba... 

Sentí felicidad, sentí inmensidad.
Sentí apertura, reconocí lo obvio, palpe lo obvio y me sentí bien. Porque está bien.

Esto es. 
Esto es.
Esto es. 
Esto es lo que significa ser humano.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Fotografía abstracta; un vacío en la ontología fotográfica.

*Este texto corresponde a una propuesta final a modo de ensayo para el ramo Teoría e historia de la imagen, las reflexiones aquí planteadas están pensadas desde un análisis crítico de grandes pensadores de la fotografía análoga como Roland Barthes y Phillipe Dubois. Considerando a grandes pensadores de la imagen como Wilhem Flusser y Joan Fontcuberta. Todas las ideas están enfocadas a servir de análisis para la fotografía de Wolfgang Tillmas, su obra ejemplifica mi reflexión acerca de la emancipación de la imagen fotográfica de su referente, emancipación no materializada concretamente por Roland Barthes a través de la ya consolidada fotografía abstracta de la época.*













FOTOGRAFÍA ANÁLOGA ABSTRACTA
UN VACÍO EN LA ONTOLOGÍA FOTOGRÁFICA

CONSTANZA THIERS








Es preciso hablar desde los términos técnicos que utilizan tanto Philippe Dubois (PD) como Roland Barthes (RB); hay que hablar de fotografía como el proceso químico que da origen a la huella, es decir a la imagen. PD en su libro El acto fotográfico[1] entrega la siguiente definición de fotografía; “una huella luminosa, más precisamente como el rastro, fijado sobre un soporte bidimensional sensibilizado por cristales de halogenuro de plata, de una variación de luz emitida o reflejada por fuentes situadas a distancia en un espacio de tres dimensiones”. Si consideramos esta definición como premisa a la hora de hablar sobre fotografía hoy en día, entonces sería correcto preguntarse si acaso la fotografía digital osaría llamarse ‘fotografía’. Otra definición más popular –de la raíz etimológica- sería ‘dibujar con luz’ (foto; luz-grafía; dibujo). Pero el dibujo es una construcción arcaica cuya raíz se encuentra desde las primeras manifestaciones gráficas del paleolítico, y se sigue llamando igual; ya sea por efectismo como por descarte.
Cuando me refiero a estas definiciones de fotografía, es para ilustrar el conflicto contemporáneo que intento vislumbrar y al cual desearía darle una solución; o posible solución, aunque sea. Como inquietud, me pregunto si es acaso correcto seguir hablando de fotografía hoy en día, cuando la era digital ha aniquilado (al menos parcialmente) la fotografía análoga; con emulsiones y revelado químico (¿o sería más consecuente hablar simplemente de Fotografía, sin el seudónimo de análogo, ya que bajo la lógica purista que ilustro en este ensayo sólo reconocería una Fotografía única?). Roland Barthes menciona en La cámara lúcida que la foto misma es siempre invisible, no es ella a quien vemos.  Esto producto de la alta referencialidad de la imagen sobre el contenido duplicado; fotografiado. Vemos una imagen de algo, no a la foto en sí. Si consideramos la definición de PD en el argumento de RB es coherente mencionar que, fuera del purismo técnico, en realidad la foto no es vista, ¡siendo que es el producto principal de esta práctica, de este acto! Lo que me lleva a pensar si será acaso la Fotografía abstracta más-fotografía que una enteramente referencial. Llama la atención que Roland Barthes no se haya referido a ésta; cincuenta años antes de su libro mencionado, Man Ray y Rodchenko (por mencionar algunos conocidos) ya habían experimentado con el revelado análogo de fotografías. Ya habían antecedentes de una Fotografía no-referencial. Ya era posible, entonces, hablar sobre un tipo de fotografía que podía ser vista como tal, con un referente extraviado o difícil de dilucidar.
Por otro lado Ronald Kay hace alusión a esta referencialidad de la imagen fotográfica, no obstante no hace una distinción entre imagen de referente e imagen fotográfica per se; debido a esta continuidad entre el exterior industrializado y su mediación visual mecánica, por esta especie de homología entre significante y significado, se puede decir que la foto coincide consigo misma[2]. Quisiera aclarar que coincido con lo que plantea Kay sobre una congruencia entre objeto técnico-industrial fotografiado por una máquina técnica-industrial; existe un lazo que proviene del mismo mundo, ambos objetos están anclados a la misma fuente, ambos objetos corresponden al mismo contexto donde fueron creados. No obstante, me parece que aún así el referente devora a la foto. Incluso si seguimos parafraseando a Kay, llegará un momento en que nos preguntaremos si acaso la herida de la cual habla, a la que le es tan propia a la química fotográfica; la huella de Dubois, la herida en Kay, será efectivamente aplicable a la fotografía digital. Químicamente (ahora hablo en voz de la experiencia) podría decirse que la luz es una huella, es una herida; en el negativo la imagen invertida resalta las luces en negro; una necrosis, el tejido muerto del negativo ha de considerarse como un acto violento de dolor. En la imagen digital la luz se ve inmediatamente como luz blanca; es pura, es limpia, está mediada para que así sea (a través de un código binario). La imagen digital no es ninguna herida, no hay dolor. Hay, por así decirlo, una transfusión; un traspaso de sangre. Una modificación de soporte que implica un cambio desde una materialidad hacia una codificación[3]. No obstante, en la imagen digital ocurre algo completamente distinto; si es que hablamos de si visualización. Ya sabemos que existe una codificación binaria, en la máquina fotográfica digital el acto fotográfico se encuentra, por así decirlo, premeditado; dicha premeditación se traduce en una función perfectamente programada para que la electrónica interior de la cámara funcione. Así mismo, esto ocurre con la imagen que vemos en la pantalla, la imagen material no existe. Lo que vemos es una traducción de una información que es almacenada en una memoria, la imagen es un archivo, el archivo no es visible como imagen si es que no hay mediación de una pantalla o de un papel, algo así nos comenta Joan Fontcuberta en su libro La caja de Pandora. No hay química, hay códigos. Lo que vemos no es una fotografía, sino una infografía; una imagen técnica; una postfotografía.[4] Efectivamente la fotografía digital terminaría siendo llamada postfotografía; ya fueron tiempos pasados, la química, la espera, el proceso ya quedaron atrás. La postfotografía nos deriva a los tiempos de la inmediatez, de los medios instantáneos, de la economía acelerada y de placeres rápidos y fugaces; como la nueva relación de las masas con, la alguna vez llamada, fotografía.
Durante estas breves reflexiones y cuestionamientos acerca de qué constituye lo ‘puramente fotográfico’ quisiera basarme en el trabajo de fotografías accidentales de Wolfgang Tillmans.


Wolfgang Tillmans, Ostgut Freischwimmer, right 2004, Inkjet print, 231.1 × 607.8 cm

“And so this exploration of the image surface, of the very nature of what constitutes an image, has always been of great fascination to me­, how in a way it’s all just a likeness and never the real thing, but also how something you mark on paper is transformed into something that you look at and see something else in. It’s the same today with the Blushes in the current show, for example, which are almost on the border between something and nothing; and when does “something” become “something… else”? So in a way I started being interested in photography through deconstructing or destroying photography.”[5]
El origen de este tipo de imágenes se da en exploraciones realizadas por el artista de negativos y revelados con accidentes fotográficos. Claramente no poseo información más precisa sobre los procedimientos (comprendamos la confidencialidad del artista como una muestra de cuidado y respeto hacia su propio trabajo), no obstante lo que Wolfgang ha hecho ha sido sacar partido de los accidentes azarosos de las fallas fotográficas o humanas (al revelar las fotografías) y utilizarlas para construir imágenes, a tal extremo de recrear una ‘cameraless photography’; finalmente sería un procedimiento meramente foto-gráfico, luz y dibujo ¿será acaso la cameraless photography una nueva dimensión de imagen puramente fotográfica? ¿podremos comprender la des-camaralizada fotografía de Wolgang Tillmans como un nuevo modo de practicar fotografía? Yo creo que sí, he aquí las ideas que me sugieren por qué considerar la práctica de Tillmans como la práctica más pura (no por esto, contraproducente) de fotografía.
En algún momento se conversó durante clases que la máquina fotográfica se encuentra a la vez delimitada por un número fijo de funciones y actos; se puede hacer todo lo que uno desee con ella, siempre y cuando esté dentro de sus funciones. Aquello que resulta ser un error dentro de la herida fotográfica ¿es función de la cámara? ¿está el error circunscrito dentro de un número limitado de posibilidades según la máquina y tantos sujetos posibles vayan a utilizarla (o utilizarla mal)? Dejo la pregunta abierta, simplemente para quedarnos pensando en los resultados azarosos extra-maquinarios de la fotografía. En el laboratorio, pensando en las intervenciones de Tillmans sobre las emulsiones sensibles, lo que eventualmente estaría realizando, tal como él dice en su entrevista, sería darle forma al accidente. Sigo sintiendo intriga y molestia al no saber cómo exactamente lleva este proceso acabo; podría ser una leve capa de agua sobre un papel emulsionado y leves cantidades de tinta esparcidas, como las propiedades líquidas de la tinta dejan pasar la luz, su huella no queda totalmente en blanco, sino translúcido, sin embargo este tipo de intervenciones se conocen con el nombre de fotogramas[6]. De ser efectivamente fotogramas no veo por qué Wolfgang Tillmans no se referiría a sus imágenes finales como tal, lo cual me hace suponer que no tiene nada que ver, sino que es un proceso más químico que de luces y reservas; Man Ray utilizaba esta técnica para construir sus imágenes surrealistas/dadaístas, esto durante la época de las vanguardias artísticas durante los años veinte (lo cual me hace pensar en el vacío de Roland Barthes al hablar sobre la condena referencial de la fotografía analógica).  Más allá de la imagen resultante, quisiera hacer hincapié en el ‘acto’ que se está llevando a cabo, dado que el resultado es bastante pictórico ¿qué ocurre con el acto fotográfico? Es un poco contradictorio pensar en un acto fotográfico del error, no obstante en la obra de Tillmans no estamos frente a un acto de fotografiar, sino a un acto de intervención; que a la vez no es una intervención si no hay una imagen inicial que esté siendo profanada por la intervención manual[7], este acto sobre el papel, Tillmans lo menciona como una marca que queda registrada en la superficie; en la superficie del papel.
“But I don’t want to mimic painting, and I think it’s actually crucial that they are pho-tographs. In a way, they are not doing anything that photography doesn’t do anyway, because they arc recording light. They’re inherently photographic, and they are not like painting.
Es fascinante pensar que en el trabajo de este fotógrafo-artista la primera herida, el primer contacto de la imagen sobre la superficie es un primer encuentro sin mediación de una película, sin negativo: la necrosis comienza su primer estadio en el papel. Esto me recuerda a Flusser y su teoría de los tres niveles de la realidad[8], las cuales se me ocurre adaptarlas al proceso fotográfico; el primer nivel es la relación directa entre sujeto y la imagen mediado por la cámara, el segundo nivel el revelado del negativo para constituir la imagen invertida como nueva visión de esa realidad retratada, el tercer nivel sería la construcción de la imagen inicial comprendiendo las densidades invertidas de la imagen y saber cuánto tiempo de luz aplicar a cada ampliación. En resumen, se trata de tener cada vez una relación más mediada con la imagen; es por esto que en estas cameraless abstraction la complejización de la relación entre imagen y sujeto baja y se vuelve más directa. No es que el proceso químico no sea complejo, pero al menos la relación entre la imagen y el resultado es más controlado, pero a pesar de basarse en accidentes, lo que Tillmans está haciendo es shaping the accidental; dando forma al accidente; controlando el accidente.
Lo que me resulta más fascinante de esta abstracción análoga es el hecho de utilizar los recursos correspondientes al mundo fotográfico para recrear una condición neo primitiva de la relación entre el ser humano y el mundo. Es como recrear la relación más tribal entre ser y mundo, sin permitir que el aparato determine significativamente la condición de la relación; sin aparato, sólo experiencia auténtica de creación. Quizá esto se esté quedando en el plano pictórico, pero como estos resultados derivan de la reinterpretación y reutilización de errores fotográficos entonces seguirá siendo un trabajo analizable desde la terminología fotográfica.
Quisiera abordar un nuevo detalle de la práctica fotográfica de Wolfgang Tillmans, la utilización de tecnologías digitales para la ampliación al gran formato de sus fotografías. El trabajo finalmente expuesto es una impresión digital. Al ser una fotografía de gran formato, no hay manera de realizar esto en un solo tiraje de papel fotográfico, los formatos no son tan grandes en la fotografía análoga (hablamos de dos metros de alto y seis metros de ancho). Es interesante observar cómo la deconstrucción de la imagen fotográfica pasa de  la desvinculación o emancipación de la máquina fotográfica al traspaso del medio digital. El escáner funciona de manera similar a la cámara digital; el resultado final no es una imagen sino un archivo y su visualización depende del medio técnico capaz de interpretar dicha información, en este punto la fotografía se reconstruye una vez más, se desintegra finalmente la imagen para traspasarse a archivo, sería preciso mencionar que la abstracción del trabajo está a otro nivel. Se la abstracción visual a la abstracción objetual; retomando la analogía de los tres niveles de Flusser, acá la imagen pierde su simplificación y se vuelve ajena al mundo real, pasando al mundo de la codificación binaria; su codificación en información y posterior decodificación  en la máquina de impresión que nos vuelve al mismo estado puro de la imagen; pero si lo vemos desde el punto de vista del aura (que en este caso se encuentra intacta ya que no hay negativo de la imagen final, no hay posibilidad de reproductibilidad análoga) la imagen ya no es lo mismo. Obviamente si lo pensamos desde el mundo del mercado, la fotografía original de pequeño formato puramente producida en el cuarto oscuro con halogenuros de plata, tendría un valor inigualable comparado con las copias digitales; sin importar qué tan grandes puedan llegar a ser. El valor de la unicidad seguirá siendo el mismo; más la relación con la imagen no. Porque parafraseando a Benjamin; no es la obra lo que vemos, es su representación.
No puedo responder por qué el artista decidió digitalizar la imagen, no obstante luego de haber tenido la fortuna de ver este trabajo directamente el año 2013 en el MAVI[9] es posible que el gran formato de esta obra se deba a la intención de sumergir a los espectadores en la textura de la imagen; I am interested in how I can transform something simple, or even something complicated into something else. Hemos visto antes, y constantemente, que el cambio de formato es una manera de problematizar aquello que se está mostrando. Convertir un proceso simple en algo más; que la imagen abstracta que pareciera ser algo pero no lo es, o que posiblemente es, pueda significar algo más; esto va completamente en contra de lo que se estipula sobre la fotografía desde su utilidad masiva; el fiel registro de un momento específico. Actualmente, parafraseando a Fontcuberta, la fotografía ya no se utiliza ni desde una necesidad de dejar registro de un acontecimiento/sujeto especial (como los retratos de familias que resultaban ser un proceso de todo un día)  ni tampoco desde experimentar el proceso poético de la espera fotográfica; desde el disparo del obturador, hasta la obtención de la imagen positiva en el papel, todo se basa en la espera. Hoy este proceso es más bien inmediato, todos los dispositivos con pantallas poseen una cámara integrada y las personas se encuentran constantemente dando testimonio sobre sus vidas cotidianas a través de las redes sociales. Existe una necesidad filogenética y ontogenética de construir alrededor de sí una reproducción tanto de su entorno como de su propia existencia[10]. La pantalla es aquello que ha cambiado nuestra relación con la fotografía; nuestra relación con la realidad. Mientras más fiel es la imagen en pantalla, más se valora el dispositivo técnico. La facultad mimética de la fotografía domina la técnica per sé. No obstante, con el trabajo de Wolfgang Tillmans trato de dilucidar una posible vía de escape para la fotografía de su condena a ser desplazada por el referente que representa en su reflejo. La fotografía puede ser disociada de la máquina, que aniquila la relación entre el mundo y sujeto, y puede encontrar una relación directa de expresión en el laboratorio, donde la mano del sujeto es un amoldador de la luz; insisto en que puede sonar más pictórico que fotográfico, pero siempre considerando las definiciones literales sobre foto-grafía, aún así sigue perteneciendo al mismo mundo, a los mismos códigos; las leyes son las mismas tanto para esta práctica manual como para la práctica maquinaria una vez listo el rollo. Trato de hacer hincapié en el proceso de laboratorio, no sé si en reivindicar el tempo entre una cosa y su resultado, pero al menos creo que en los términos puristas, la fotografía siempre estará ligada a su proceso de laboratorio. Aún así las palabras de Concha sobre la existencia (de todas formas) de una huella en a fotografía digital, me sugieren que quizá es hora de aceptar el fin de la fotografía análoga; la imagen técnica ya no es mediación, sino más bien ocultamiento (por la codificación del file), pero de algo que sí es capaz es de dejar una huella[11]. Pero cómo puede la imagen técnica ser una huella si en el soporte digital el blanco no es un color. Siempre es la materialidad del papel; el soporte final de la fotografía. Digitalmente el proceso de impresión no posee una materialidad. La luz en la fotografía análoga puede ser huella, porque es negra, posee una densidad material real, en la fotografía digital; en la pantalla, esto no ocurre. Los códigos de materialidad son completamente distintos, lo que me hace diferir con los comentarios de Concha sobre la existencia de huella en la fotografía digital; no es huella sino código y transfusión informática de éste a diversos soportes.
Para ir cerrando el análisis fotográfico de la obra de Tillmans en contraposición con los dichos y vacíos de su ontología, me gustaría terminar con una frase del artista:
The initial question everybody asks when confronted with a photograph is who is it, when was it made, how is it made, and when you’re confronted with a painting you don’t ask that. I mean, why can’t it be enough to look at the object in front of you?
En un sentido u otro, me atrevo a decir que la crisis fotográfica actual es, sin duda, resultado de una ambición mimética; como resultado de una convención social occidental de que estamos hechos a semejanza de alguien/algo superior, lo cual me lleva a concluir que este impulso mimético es resultado de algo mucho más grande y profundo, un vacío existencial inherente a la experiencia humana, transversal a todo nivel de educación y conocimiento; la sociedad occidental desde sus inicios se ha convencido de ser inferior, no obstante parecido a algo mayor. Cualquier ambición mimética, a fin de cuentas, sería un intento por alcanzar el mayor parecido a ese algo más grande que uno mismo. Por esto nunca es suficiente con ver lo que tenemos al frente; siempre esta presente el deseo de ver más allá, de querer superar aquello real, querer sustraerlo y hacerlo más perfecto; hacerlo semejante a la noción de perfección de cada uno de nosotros; a esa noción de perfección que creemos propia, pero que se encuentra igualmente mediada por los medios técnicos masivos de la información; la publicidad, la economía, la religión, la política, etc.
Si la fotografía logra liberarse de la condena mimética que todos creen inherente a ella, entonces quizá podremos conformarnos simplemente con observar lo que se nos muestra en frente. Y quizá ya ni siquiera dependamos de la fotografía; aunque considerando el escenario actual, es imposible que esto ocurra. 



Bibliografía:

Libros:
-Dubois, P. (1994). El acto fotográfico. (2a ed.). Barcelona, España: Paidós.
-Barthes, R. (2008). La cámara lúcida. Buenos Aires, Argentina: Paidós.
-Concha, José. (2011). La desmaterialización fotográfica. Santiago de Chile: Metales Pesados.
-Fontcuberta, J. (2010). La cámara de Pandora. Barcelona, España: Gustavo Gili.
-Kay, R. (2005). Del espacio de acá. (2ª ed.). Santiago de Chile: Metales Pesados.

Entrevista:
-http://www.americansuburbx.com/2013/12/interview-conversation-wolfgang-tillmans-2001.html

Imagen:
              -http://arttattler.com/archivetillmans.html



[1] L’acte photographique (1983) primera edición en Francés publicado exactamente tres años después de la primera edición de La chambre Claire. Note sur la photographie (1980) de Roland Barthes.
[2] Ronald Kay, 1980.
[3] José Pablo Concha en La desmaterialización fotográfica. 2011, p.11
[4] Infografía; concepto acuñado por Joan Fontcuberta en La caja de Pandora.
Imagen técnica; concepto mencionado por José Pablo concha en su libro La desmaterialización fotográfica para referirse a una era de la postfotografía.

[5] Todas las frases de Wolfgang Tilllmans presentes en adelante corresponden a la misma entrevista realizada el año 2001 (Mayo-Julio) por Nathan Kernan, publicada inicialmente en Art in paper, posteriormente republicada en ASX página web de archivo visual de artistas contemporáneos.
[6] Los fotogramas son imágenes hechas directamente por objetos situados entre el papel y la ampliadora, la imagen final resulta ser siluetas en blanco (la luz es negra en el papel, lo mismo ocurre en el negativo) si el objeto es translúcido entonces la silueta será menos sólida.

[7] De hecho en los accidentes fotográficos de revelado la imagen se ve intervenida, pero lo cierto es que no existe intervención alguna; hay azar, quiérase o no ¿Es intervención si es accidente?

[8] Idea encontrada de casualidad en la página 39 del libro La desmaterialización fotográfica.
[9] Muestra individual en Museo de Artes Visuales (MAVI) 19 Julio - 20 Octubre, 2013. Santiago de Chile.
[10] (Concha, 2011, p.225)
[11] ídem,10

Artista y espectador; dos mundos no tan aparte.

         Con el tiempo me he ido preguntando cómo habría de constituirse una mirada nacional del espectador promedio de arte chileno. Cuál es la línea de pensamiento que lleva a los espectadores promedios a catalogar una obra como buena, mala, interesante, insípida, o incluso, de escribir en los libros de comentarios; Esto lo hace mi hijo, o que wea más fome. Me he cuestionado la manera en que el artista chileno construye su trabajo, de qué manera lo expone, qué soluciones formales utiliza y qué criterios de montaje cree más prudentes para su obra. Me pregunto así mismo, si estas decisiones son tomadas en cuenta por los espectadores promedio. Existen pugnas entre el arte formal que se encuentra al interior de los cubos blancos; espacios expositivos totalmente limpios, pulcros. Espacios hospitalarios, según Olafur Eliasson como reflejo de la cal; bactericida de la antigüedad de color blanco. El arte callejero por el contrario se encuentra en relación con el entorno donde está expuesto; sigue las lógicas de una construcción urbana, sigue las líneas ilógicas de crecimiento citadino, de desencuentros y desarmonías entre construcciones y decisiones que infectan los paisajes urbanos. Estos actos de arte, a pesar de encontrarse rodeados de ruido, funcionan. Son, dentro de sus reglas, efectivos.
Me atrevo a decir lo simple que es tomar decisiones formales al interior del cubo blanco, es simple equilibrar el tema y la intención de la obra en un espacio limpio sin restricciones visuales, donde el agente extraño es la obra. Si la intención es crear una obra imponente y busco hablar de la inmensidad y evocar una sensación de insignificancia en el espectador, la solución es simple; busco el ligar expositivo más pequeño posible para evocar estas sensaciones. Controlar la obra es simple, controlar el discurso y las decisiones formales de la obra no es algo que se escape de las manos con una buena organización. No obstante ¿son estas decisiones visibles a simple vista para el espectador promedio? ¿cómo se aproxima una persona no-docta en la trayectoria y evolución de la historia del arte con una obra, una pintura o unas escultura? ¿qué pensaría esta persona no-docta al ver una muestra de fotografía con imágenes ordinarias, comunes y simples, fotos que pudo haber sacado hasta ella misma?  Claro está que aproximar las artes visuales al espectador promedio no es simple, entonces qué es lo que hace el artista visual chileno con esta crisis de comunicación y comprensión entre su obra y su espectador ¿para quién produce arte? Tampoco es prudente dejar todo en manos del espectador en un país donde la educación artística es deficiente. Tampoco sería inteligente abordar este tema desde una interpelación únicamente al artista.
            Existe un problema mucho mayor. Existe un problema que escapa de una mediación entre obra y espectador, existe un problema de concepto, de ideas y expectativas. Las personas hoy en día están acostumbradas a recibir toda la información en bandeja, las redes permiten esta descriteriada corriente de información, no es que piense que aquello está mal; sino que concuerdo con el noema clásico de la era contemporánea y su sobreproducción de dispositivos ‘a pesar de la cantidad de redes informativas, existe menos conocimiento’. Creo que la aproximación de los espectadores está sesgada por una vaga noción sobre aquello que comprenden (o que creen comprender) como arte. Cuando asisten al museo, existe una clásica opinión sobre una obra que conceden como ‘mala’; esta wea la pudo haber hecho mi hijo. Cuando el problema no está en que la obra esté mala, sino en la expectativa que esa persona tiene cuando se hace el ánimo de asistir a una exposición; el espectador quiere asombrarse, quiere vislumbrarse, maravillarse por una obra que hable de la persistencia, del virtuosismo técnico, de la belleza de dicha obra. ¿Comprenderán que todo ese virtuosismo quedó bajo tierra con la llegada de la era industrial y la inminente explotación de nuevos dispositivos técnicos que reproducían de forma más fiel la realidad? Desde luego que no. Las personas asisten al museo con una idea prefabricada de ver algo que sea imposible que hayan hecho ellos. El problema de fondo no está en que ellos no pudiese ser capaces de hacerlo, su error no radica en la expectativa per se. Radica más bien en que dan por hecho algo que nadie ha establecido; tú no puedes hacer esto. Dan por hecho que el museo es un espacio de estricta formalidad que acredita la calidad de la obra del artista. El museo no hace a la obra, la trayectoria de obras que pasan por un determinado espacio expositito CREAN la imagen de la galería o de ese museo. Es la trayectoria la que hace al espacio expositivo, no el espacio expositivo a la obra.  Nadie ha dicho jamás que ellos no sean capaces de hacer lo que el artista hizo, si usted cree poder hacerlo mejor ¡hagalo! ¡bienvenido sea su creación, sería formidable si por cada decepción de un espectador haya un nuevo potencial artista o artesano! ¡que esa indignación sea motor de creación autónoma! Pero nadie ha salido de su sitio de comodidad, nadie va más allá de la vaga crítica –que por cierto está fundada en cuestiones de gusto, lo cual no es ni bueno ni malo- Que el artista exponga en el Museo de Bellas Artes no establece una distancia divina entre su capacidad de crear y la del espectador. Esto es falso, esto es una imagen autodestructiva de la noción que se tiene sobre arte en nuestro país (quizá no solo en nuestro país, quién sabe) Toda persona puede ser artista, cualquiera puede crear, el artista que expone en un museo puede venir de cualquier parte, no de una pedigrí ni una elite, al menos no hoy en día, no en el Chile de hoy. El problema está en que no cualquiera puede dedicarse 24 horas, 7 días a la semana, 12 meses al año a ser artista. A ser un intermediario entre la imaginación y la creación a tiempo completo. Ahí está el problema. Juzgar una obra por la facilidad de su factura es un análisis mediocre y un insulto al artista. El espectador independiente del mundo al que pertenezca, si es que siente interés por las artes, debe aprender, puede leer al menos el catálogo de la obra o puede leer sobre el artista cuya obra irá a visitar. La información abunda; el espectador debe exigirle al artista la accesibilidad a su obra, el artista es el medio para comprender su obra, debe estar dispuesto a que comprendamos, así como el espectador debe estar dispuesto a aprender. El arte no viene en bandeja  de plata como la televisión. Ambos mundos debemos comprender lo que el otro espera. Yo espero que comprendas, tu esperas que te explique, no que te entretenga.
Siempre podemos lograr un equilibrio entre ambos mundos, debe estar la voluntad y dejar las expectativas y la arrogancia de lado. Hablar desde la simpleza. El artista debe volver a la esencia del lenguaje, a la raíz del sentido y evocar al espectador de la manera más directa. El espectador debe estar dispuesto a escuchar, dispuesto a buscar.